Capítulo 2237
Los mendigos no pueden ser elegidos
Mientras tanto, Pascual y su hijo disfrutaban de su vida en el monasterio de Cáb.
Vivíano reyes. Después de todo, Josías tenía muchos creyentes devotos que harían cualquier
cosa que se les pidiera.
Aquello hacías delicias de Sixto.
—Papá, dime, ?tú crees que Jaime va a encontrar el camino al Monasterio de Cáb? —preguntó
Sixto a Pascual.
—?Qué más da? Si no se atreve a venir, haremos que Josías haga un viaje a Ciudad de Jade para
obligarlo a salir de su escondite —dijo Pascual con sorna.
—El se?or Jerez es increíble. No sólo tiene tantos discípulos, sino que incluso tiene tantos creyentes.
Está disfrutando de verdad cada día mientras trabaja en su cultivo. Cultivar en energía de fe es
mucho más conveniente que buscar recursos por toda zona. Ojalá pudiera convertirme en alguien
como el se?or Jerez —murmuró Sixto con celos.
—?Pfff! ?Te parece que voy a dejar que mi tica se extinga? Lo único que tienes que hacer es
estudiar de mí a partir de ahora —pronunció Pascual mientrasnzaba una mirada fulminante a Sixto.
—No voy a hacer eso. ?Y qué si aprendí tu tica de perfionamiento de armas? Al fin y al cabo,
Jaime nos dio una paliza y nos echó. Lo perdimos todo. Al final, tuvimos que pedir ayuda al Se?or
Jerez. La tica de refinado de armas es demasiado pésima, ?y yo no voy a ser refinador de armas!
—gritó Sixto, sacudiendo cabeza.
—?Qué sabrás tú? Si puedo refinar un objeto marcial de alta calidad o algo incluso mejor que eso,
seré capaz de destruir todo el mundo des artes marciales con un solo golpe de mi arma, ?por no
har de un simple Jaime Casas! Hasta los del reino secreto temrán de miedo cuando me vean —
reprendió Pascual en voz alta.
—Deja de fanfarronear. Volvamos a har de esto cuando realmente refines algo bueno.
No queriendo malgastar saliva con su padre, Sixto se levantó para marcharse.
En ese momento llegó Josías.
De inmediato, Sixto se apresuró a mimar a Josías.
This is from N?velDrama.Org.
—Se?or Jerez, ?puedo ayudarle en algo? Por favor, siéntase libre de que alguien me asigne cualquier
cosa en cualquier momento.
Sixto era incluso más amable con Josías que con su propio padre.
Aunque a Pascual le iodaba forma de actuar de Sixto, un mendigo no podía ser un elegido.
—Josías, ?hay algo en lo que pueda ayudarte? —preguntó Pascual.
—Hay indicios de un avance en mi nivel de poder actual, así que tendré que pasar a entrenarme en
solitario para el proceso. Quédate aquí y siénteteo en casa. Ya me he ocupado de todo —dijo
Josías a Pascual y a su hijo.
—?Qué? Se?or Jerez, ?va a ir a un entrenamiento en solitario? ?Y si Jaime viene por nosotros? No
creo que seamos capaces de vencerlo.
La preocupación era visible en el rostro de Sixto.
Jaime lo había asustado.
—No te preocupes, Sixto. Ya se lo conté a uno de mis buenos amigos, así que él vigrá el Monasterio
de Cáb mientras yo estoy en mi entrenamiento. Si Jaime se atreve a venir, no saldrá vivo de aquí —
aseguró Josías.
—Se?or Jerez, ?qué tan poderoso es su amigo? Jaime no es un hombre débil; es un Santo des
Artes Marciales en fase avanzada,o mínimo.
Sixto seguía preocupado, temía que el amigo de Josías no estuviera a altura de Jaime.
Justo cuando Sixto dijo eso, escuchó risas detrás de él. Entonces entró un hombre regordete vestido
con una túnica de monje.
—?Jajaja! Chico, ?estás dudando de mis capacidades?
El aire de habitación se volvió tenso ante aparición del monje.
Tomados por sorpresa, tanto Pascualo Sixto cayeron al suelo por presión.
—Alejo, estos dos son mis súbditos y su hijo, así que déjalos —le dijo Josías al rollizo monje.
—?Jajaja! Josías, ?tu súbdito y su hijo son débiles! Con razón me pediste que viniera.
Mientras Alejo se reía, dejó de ejercer presión sobre ellos.
Tanto Pascualo Sixto se pusieron colorados de vergüenza al escuchar aquello.
—Pascual se centra en tica del refinamiento de armas, así que no es tan bueno enbate.
Pero no podrás vencerlo en lo que a refinamiento de armas se refiere —dijo Josías, salvando
dignidad de Pascual.
—Está bien, no hablemos más de eso. Ya sabes cómo va esto. Una nena al día. No quieros
mediocres, quieros guapas —dijo Alejo, encogiéndose de hombros.
—No te preocupes. Ya te preparé algunas —le tranquilizó Josías