Capítulo 1792
El hombre bajito palideció de golpe cuando vio a los hombres más corpulentos acercarse.
De inmediato, pidió a Jaime y a los demás que se marcharan.
—Se?or, por favor, baje del coche. No podemos llevarlo. No lo haremos.
Desconcertado, Jaime preguntó:
—?Qué pasa? ?Por qué no nos llevan ahora?
Antes de que el hombre bajito pudiera decir algo, los fornidos hombres llegaron hasta ellos. Uno de
ellos, que tenía barba, agarró al bajito por el cuello y lo levantó en el aire.
—Eh, ?cómo te atreves a tratar de conseguir clientes en mi territorio? ?Te quieres morir?
Justo cuando el barbudo dijo eso, golpeó al hombre bajo en cara.
La sangre brotó de nariz del hombre bajo y goteó porsisuras de susbios, pero sus
compa?eros no se atrevieron a decir nada ni a mover un músculo.
—?Al suelo! —rugió el barbudo a Jaime y al resto.
Forero estaba a punto de bajar del coche cuando Jaime le detuvo y se volvió hacia Colín.
—Colín, hazte cargo. —Entendido.
Con un movimiento de cabeza, Colín se apeó del coche.
Sin embargo, tan prontoo Colín bajó del coche, una hermosa figura pasó junto a él. En el segundo
siguiente, un grito de agonía resonó en el aire. El barbudo había recibido una patada en el aire.
—?Son unos matones! Qué barbaridad —bramó Astrid a los fornidos hombres, con expresión cial.
Como Astrid había hecho un movimiento, Colín suspiró y se volvió para mirar a Jaime. éste le hizo un
gesto para que volviera al coche.
El barbudo se aterrorizó cuando salió despedido por patada de Astrid, pero cuando se dio cuenta de
que su atacante era una mujer, una expresión de asombro cruzó su rostro antes de que una expresión
de enfado sustituyera.
—?Tras e! ?Contra chica! —rugió.
Los otros hombres fornidos cargaron al instante hacia Astrid.
—No los mates —le recordó Jaime, temeroso de que perdiera el control de sí misma y matara a los
hombres.
Al fin y al cabo, acababan de llegar y no conocían el lugar ni a gente. Además, lo que aquellos
hombres habían hecho no justificaba muerte.
Astrid asintió con cabeza. Cuando los hombres senzaron sobre e, les dio una bofetada a cada
uno, derribándolos mientras algunos de sus dientes caían de sus bocas.
Una vez hubo acabado con ellos, se volvió hacia el hombre bajito y le dijo:
—Ya está todo bien, así que vámonos.
El hombre bajito asintió con fervor y con los ojos muy abiertos por sorpresa y arrancó de inmediato
el coche, alejándolos del aeropuerto.
De camino al hotel, el hombre bajito no dejaba de mirar a Jaime por el retrovisor.
Al notar sus repetidas miradas, Jaime le preguntó:
—?Pasa algo, se?or?
El hombre de baja estatura se apresuró a contestar:
—?Muchas gracias, se?or! Muchas gracias.
Jaime sonrió.
—No es gran cosa.
—Se?or, ?ustedes son... artistas marciales? —preguntó entonces el hombre bajito.
Jaime asintió con cabeza y contestó:
—Así es. Me sorprende que conozca a los artistas marciales.
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—ro que sé. Aquí hay muchos artistas marciales.
El hombre bajito se emocionó bastante ante mención de los artistas marciales. Parecía que los
envidiaba.
Por desgracia, no todo el mundo podía convertirse en un artista marcial, y mucho menos en un
cultivador de energía espiritual.
Durante el viaje, el hombre bajito charló con Jaime sobre artistas marciales.
Cuando llegaron al hotel, el hombre bajito no pidió a Jaime ni a los demás que pagaran el taxi.
En lugar de descansar tras registrarse en el hotel,s damas quisieron dar un paseo por el lugar.
Temiendo que causaran problemas, Jaime pidió a Colín ques siguiera.
Del mismo modo, Jaime quería dar un paseo por zona para familiarizarse con i, pero a Forero
no parecía entusiasmarle idea. En lugar de eso, reservó una habitación individual en el hotel y
empezó a contactar con se?oritas.
De ahí que Jaime no tuviera más remedio que llevarse a Gilberto con él.