Capítulo 1731
Un sedán negro avanzaba a toda velocidad por una carretera desierta de Cananea, llevando a
Kazuo y a otros dos emisarios.
A esa hora ya deberían estar en un avión de vuelta a casa.
Los emisarios no tenían motivos para quedarse, puesto que Jaime ya había matado a Junio. Sin
embargo, trasprar sus boletos de avión, renunciaron a sus asientos y se quedaron en
Cananea.
Uno de los emisarios preguntó:
—?Adónde vamos, se?or Kawaguchi?
La mirada de Kazuo se encapuchó mientras respondía:
—Sigue conduciendo. Deja de hacer preguntas.
El emisario se quedó en silencio y siguió conduciendoo se le había ordenado. El coche
sólo se detuvo cuando carretera desembocó en una zona abandonada.
Kazuo se apeó del coche y contempló imponente monta?a que tenía dnte. Sonrió cuando
su mirada se posó en un bosque primigenio al pie de monta?a.
—Han pasado más de veinte a?os. Nunca pensé que tendría oportunidad de volver…
Tras murmurar aques crípticas pbras, Kazuo se adentró en el bosque primigenio, seguido
de cerca por los dos emisarios que le pa?aban.
Tras caminar durante más de media hora, Kazuo se detuvo de golpe y agitó palma de mano. Dos
figuras sombrías se materializaron de repente en el espacio que tenía ante él y cargaron contra Kazuo,
ramente armadas.
Kazuo agarrós armas con mucha facilidad ys arrojó al suelo.
Las dos figuras se pusieron rígidas por sorpresa. Tras intercambiar miradas cómplices,
desaparecieron en el aire.
Con otro gesto de mano de Kazuo,s dos figuras volvieron a aparecer.
Material ? N?velDrama.Org.
—Son todos una b de imbéciles. Los puestos de control no han cambiado en veinte a?os —bramó
Kazuo furioso.
Justo después de que Kazuo hara,s dos figuras empezaron a definirse. Vestían uniformes negros
de samurái y llevaban katanas. La confusión era palpable en sus rasgos mientras miraban a Kazuo y a
los emisarios.
Los dos emisarios que estaban detrás de Kazuo contemban escena con los ojos muy abiertos.
Nunca imaginaron que unos samuráis jetroinianos aparecerían en Cananea.
—?Quiénes son? —preguntó uno de los samuráis.
Kazuo respondió con frialdad:
—Pídele a Ono Jiro que venga a verme. Ese idiota…
Los dos samuráis se quedaron atónitos ante sus pbras. Uno de ellos se dio vuelta y salió
corriendo.
Poco después, regresó a toda prisa con un hombre de mediana edad.
Cuando el hombre de mediana edad vio a Kazuo, se quedó hdo antes de adntarse a saludarlo:
—Bienvenido, se?or Kawaguchi. ?Por qué nos visita de repente? ?Ha recibido nuevas órdenes del
cuartel general?
Sin mediar pbra, Kazuo se adntó y abofeteó a Ono dos veces en cara.
Ono no se atrevió a protestar y aceptó de buen grado su destino.
Mientras tanto, Kazuo reprendía al hombre:
—?Cómo puedes ser tan estúpido? ?Nunca cambiaste los puntos de control! ?Y cómo has podido
enviar a tan pésimos samuráis a hacer guardia? ?Se te ha entumecido el cerebro?
—Se?or Kawaguchi, este lugar no ha sido descubierto en a?os. Nadie viene nunca por aquí —
explicó Ono.
—?Estúpido! ?Crees que puedes bajar guardia sólo porque nadie ha descubierto este lugar?
Kazuo abofeteó a Ono varias veces más.
La cara de Ono se hinchó en furia, y no se atrevió a decir nada más, no fuera a ser que volviera
a molestar a Kazuo.
Poco después, condujo a Kazuo y a los emisarios a una enorme cueva. Estaba bien equipada
con todass necesidades básicas.
La cueva estaba habitada solo por samuráis jetroinianos, cada uno de los cuales desprendía un
aura extraordinaria.
Los emisarios se quedaron boquiabiertos ante todo lo que había en cueva.
Llegaron a una s, donde Kazuo agitó mano y anunció:
—?Déjennos ya!
Los emisarios se marcharon, dejando a Ono solo en habitación con Kazuo.
Ono se apresuró a preguntar:
—Entonces, ?hay nuevas órdenes del cuartel general, se?or Kawaguchi? Nos estamos
muriendo de aburrimiento, atrapados en este lugar desde hace a?os…