Capítulo 1625
Al pie des monta?as Kazilion, cuatro hombres avanzaban apresurados con una mujer cuyo rostro
estaba cubierto por una t negra.
Al llegar ante una enorme roca, se detuvieron.
Después de escudri?ar a su alrededor, uno de ellos dio un paso adnte y cantó algo. A continuación,
unas ondas visibles se manifestaron en el aire, seguidas de materialización de una grieta espacio-
temporal negrao el carbón.
Al ver esto, entraron de inmediato en grieta con mujer. Después, grieta se cerró.
Pronto, el paisaje cambió. El entorno inicial con frondosos árboles se había convertido en un paisaje
nevado.
Por suerte, los cuatro eran Marqueses des Artes Marciales, por lo que el frío no les afectó
demasiado.
Levantando cabeza, dirigieron sus miradas al frente, sólo para ver un magnífico pcio a un tiro de
piedra de distancia. Bajo el reflejo de nca nieve, parecía grandioso y majestuoso.
—Así que este es el legendario reino secreto. Visitar este lugar una vez en vida hace que este viaje
merezca pena —exmó uno de ellos.
A continuación, se dirigieron hacia el pcio.
Cuando llegaron as puertas del pcio, les recibió una ca con tres pbras doradas: Pcio de
la Nube Violeta.
Antes puertas del Pcio de Nube Violeta había dos guardias con armaduras teadas y
expresiones gélidas.
Sus auras eran demasiado poderosas, mucho más ques de los cuatro hombres.
—?Quiénes son? —preguntaron los guardias con voz gélida.
—Somos de familia Duval, y hemos venido al Pcio de Nube Violeta para escoltar a alguien.
Aparte de eso, tenemos una carta para alguien mado Santiago Higareda —respondió con caut
uno de los cuatro hombres mientras daba un paso al frente.
—?Cómo se atreve a dirigirse al se?or del Pcio de Nube Violeta por su nombre!
Los dos guardias se enfurecieron y sus auras estaron de inmediato.
Sus piernas cedieron, y los cuatro elites de familia Duval cayeron de rodis al suelo.
Siendo Marqueses de Artes Marciales de fase avanzada, eran considerados élites en el mundo des
artes marciales de Ciudad de Jade. De lo contrario, Rigoberto no los habría tomado bajo sus s
como cartas de triunfo.
Sin embargo, ahora ni siquiera tenían capacidad de presentar bata ante los dos guardias del
Pcio de Nube Violeta.
—?Por favor, perdónennos, se?ores! No queríamos ofenderlos.
Ninguno de ellos había pensado que el hombre conocidoo Santiago fuera en realidad el amo del
Pcio de Nube Violeta.
?Si Rigoberto nos hubiera contado sobre identidad del hombre, definitivamente no habríamos
expresados cosas de esa manera?.
En realidad, Rigoberto tampoco lo sabía. En aquel entonces, Santiago no era más que un rico
heredero dentro del Pcio de Nube Violeta. Fue él quien se encaprichó de madre de Jaime,
Beatriz.
Inesperadamente, el hombre se convirtió en el amo del Pcio de Nube Violeta más de veinte a?os
después.
—?El Se?or Higareda dio orden de dejarlos entrar!
Justo entonces, un rayo de luz apareció en el aire. Un instante después, una mujer vestida de nco
salió de luz.
Llevaba una horqui y tenía piel ra, pero a juzgar por su aspecto y atuendo, parecía ser una
criada del Pcio de Nube Violeta.
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Al ve, los dos guardias asintieron.
Los cuatro miembros de élite de familia Duval se pusieron en pie y siguieron a mujer hacia el
rayo de luz con Beatriz.
Cuando luz desapareció, sus figuras también se desvanecieron en el aire. Cuando los cuatro
hombres recobraron cordura, descubrieron que ya estaban en una s.
La s era vasta y espaciosa, pero no había ni un alma.
Contuvieron respiración, sin atreverse a hacer el menor ruido, pues allí eran más débiles que una
hormiga a pesar de ser miembros de élite de familia Duval.
—Los invitados están aquí, se?or Higareda —dijo mujer a si de mármol que tenían dnte.
Justo cuando se preguntaban por qué le haba al aire, éste se onduló. En el siguientetido, un
hombre de mediana edad apareció en si vacía sin previo aviso.
No era otro que el se?or del Pcio de Nube Violeta, Santiago Higareda.
Los cuatro miembros de élite de familia Duval se quedaron atónitos, pues nunca habían visto una
magia de teletransporte tan avanzada.
?Esto es simplemente asombroso, ?increíble más allá des pbras!?.
—Este es nuestro maestro, el se?or Higareda. ?No decían que tenían una carta para él? —les
preguntó mujer.